domingo, 31 de julio de 2011

El cielo estaba nublado, del único color que conocían las nubes. De vez en cuando, alguna que otra gota se dejaba caer precipitadamente contra el suelo, siguiendo las leyes inquebrantables de la física. El viento seguía las pautas típicas de los días así. Soplaba con fuerza haciendo que la parte inferior de mi gabardina retozase furiosa sobre mis piernas, vestidas con unos pantalones de tela negra, sobre unos zapatos de cuero marrón recién limpiados. El silbido de éste se dejaba notar por todo aquel campo recubierto con hierba de un verde profundo donde mis zapatos descansaban todo mi cuerpo.

- Tú también te acuerdas, ¿verdad? Hacía un día así cuando todo terminó.- Dije casi en susurros, para que sólo me escuchase él, aunque estuviesemos solos.- El día en que terminó la que creíamos que sería la última.

Le miré fijamente, con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, intentando inútilmente calentarlas de alguna forma.

- Hace exactamente treinta años que pasó todo aquello, pero los dos sabemos que nunca lo olvidaremos. Aun puedo escuchar todo ese ruido, como azotaba nuestros oídos las primeras veces... las que no estabamos acostumbrados.

Hubo un silencio punzante, casi doloroso. Lo único que podía escucharse era como el maldito viento chocaba contra nosotros una y otra vez, incansable, infatigabble... Y ninguno de los dos decía nada.

- Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. El enemigo nos acorraló en un puesto fronterizo, tú y yo solos contra toda una guarnición de enemigos. Todo estaba acabado para nosotros, pero tú seguías sonriéndo... - Hice una pausa para intentar encontrar las palabras adecuadas.- Decías que no podías morir allí, todavía te esperaba en casa una esposa y tus dos hijas. Decías que no todo estaba perdido, que saldríamos de allí con vida... Y no te equivocaste.

Volvió a producirse ese silencio tan molesto. Me mordí el labio superior con fuerza, intentando canalizar toda esa rabia acumulada sin motivo aparente.

- Conseguimos sobrevivir a una muerte segura, gracias a tí. Pero la guerra continuó. Tú siempre quisiste que se acabase todo, siempre dijiste que esa sería la última, que ayudarías a construir un mundo mejor con tu vida.

Saqué una de mis manos de los bolsillos exteriores de la gabardina y comencé a tantear a ciegas por dentro de ésta, buscando algo por los bolsillos interiores. Saqué una flor muy bien cuidada y recién cortada y la dejé a los pies de su tumba.

- Tú... diste tu vida por un mundo mejor, pero no hemos sabido utilizarla. Todo sigue igual que antes... espero que sepas perdonarnos.

Y fue entonces, cuando el viento dejó de silbar y comenzó a gemir de forma meláncolica, compartiendo todo el dolor.

1 comentario: