domingo, 17 de julio de 2011

La furia del intelectual

El tic-tac de aquel reloj tallado en madera comenzaba a poner nervioso al capitán. Golpeaba su rodilla, vestida con un ajustado pantalón azul oscuro, con aburrimiento más que con nerviosismo. Un silencio mortal que llenaba los rincones de la gran habitación en la que estaban reunidos Su Majestad, con todos sus consejeros y mayordomos dispuestos a besarle los pies, comenzaba a ser ligeramente cargante. El capitán llevó la mano a su chaqueta nueva.

- Espero que no les importe que mastique unas pocas hierbas.- Dijo, mientras sacaba un montoncito bien aplastado de uno de los bolsillitos interiores de esta.- Me lo ha recetado el médico... dice que me pongo muy nervioso o algo así. Lo único que quiere es sacarme el dinero, pero ¿saben? Estas cosas están deliciosas.

Su Majestad no le prestó atención. Seguía debatiendo con toda la mesa que presidia sobre unos papeles que tenía en la mano. Su expresión delataba furia y a la vez desconcierto. Con un suspiro, dejó los papeles en la mesa y se dirigió al capitán, que ahora permanecía mirando por la ventana, masticando frenéticamente.

- No entiendo como consigue lo que hace, señor capitán.- Comenzó diciendo uno de los consejeros.

Él giró su cabeza lentamente, con expresión refinada, dirigiendo la mirada a la persona que acababa de hablar.

- No entiendo de que habla, señor.

- Todas las expediciones que usted protagoniza acaban en violentas masacres para nuestro ejército. Inexplicablemente, siempre sale victorioso de todas sus batallas, aunque todos los barcos se hundan y no quede ni rastro de nuestros soldados. No lo entiendo...

- Y no es que no nos alegre que gane batallas, no nos malinterprete... pero todas esas perdidas, tanto materiales como humanas, suponen un capital que el reino no está dispuesto a pagar continuamente.- Intervino entonces, el ministro de economía.

- Además, el hecho de que nuestros soldados mueran así, en tan extrañas circustancias, no es algo que favorezca a nuestro ejército en vista a las relaciones internacionales.- Esta vez fue el ministro de asuntos exteriores.

El capitán se levantó lentamente de su silla, provocando un pequeño crujido de la madera seca y antigua que formaba el suelo. Dio un par de paseos por la habitación, delante de la gran mesa del gobierno, mirando a cada uno según pasaba por delante. Hasta que se paró delante de Su Majestad, con la mano dentro de su chaqueta y una rigidez que podría emular una escoba de ama de casa.

- No entiendo cual es el problema. Siempre gano todas mis batallas como ustedes han dicho, ¿Qué problema hay en que mueran unos pocos soldados? Entre ustedes y yo, son gente que no sirve para nada más, carne de cañón... sin cerebro. Con unas palabras bien maquilladas son capaces de suicidarse por su patria, creyendo que lo están haciendo correctamente. La batalla es su día a día, y su destino es la muerte en esta, no como el nuestro... ¿No creen, señores, que tengo razón?

- Está usted enfermo... - Respondió el consejero más próximo a Su Majestad.- Merece que le degraden de su rango y no vuelva a liderar ninguna batalla.

Estas últimas palabras no parecieron agradar demasiado al capitán, el cual subió de un salto a la mesa, colocandose justo en frente del consejero. En tan solo un segundo, empuñó su alma y rasgó su cuello de una forma extremadamente sutil.

- ¡Guardias, guardias!- Exclamó Su Majestad en cuanto vio como su mejor consejero se derrumbaba sobre la tabla.

El capitán se giró hacía él con total parsimonia, guardando su arma mientras esbozaba una sonrisa.

- ¿Sí, mi alteza?

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