Esa mañana, como todas las demás, el señor de la casa abrió su periódico mientras dejaba que su delicioso desayuno, formado por unos huevos fritos y un café con leche humeante recién preparado se enfriase. Ese periódico que había sido seleccionado entre miles como el mejor del día, el que ofrecía una información amplia y precisa maquillada con buenas palabras… con buenas mentiras.
¡El euro se desploma! ¡Diga adiós a la crisis, diga hola a China! ¡La Bolsa deja de tener sentido! ¡La economía española dice adiós para siempre! Esos y muchos más encabezaban todas las noticias que incitaban al caos social, al miedo colectivo y al aumento de una crisis producida no tanto por la imposibilidad de crear riqueza sino por el miedo a perder esa riqueza.
- Jo, jo… - Dejaba escapar el señor de vez en cuando, mientras ojeaba una a una todas las noticias pesimistas del diario.
Mientras tanto, la familia de éste contemplaba la televisión, rebosante de información falsa y dañina, mezclada entre anuncios que rezaban alargamientos de pene y una vida más cómoda carente de humanidad.
- ¡Jo, jo, jo! - Esta vez, el señor rompió a carcajadas, arrugando el periódico entre sus piernas y llevándose una tostada magistralmente untada en mantequilla a la boca.- No me puedo creer que estos estúpidos sean capaces de creerse todas estas sandeces.- Dijo a su familia, con la boca llena, arrojando algunos restos de pan a su café.
Su mujer se giró hacia él, con esa expresión que tiene cualquier esposa feliz de tener un marido triunfante y una gran cuenta corriente en el banco en caso de tener que pedir el divorcio y quedarse con absolutamente todo.
- ¿A quienes te refieres, cariño?
- A este país, por supuesto.- Decía aun, con la tostada en la boca. Este detalle desagradaba a su hijo, que tenía que aguantar a su lado, como masticaba como un cerdo, pero éste permaneció en silencio.- Ellos siguen creyéndose toda esta basura mientras nosotros, la gente lista y poderosa nos llenamos los bolsillos.
Su mujer sonrió. Nunca le interesaron esos temas, estaba contenta de recibir dinero sin mover ni un dedo.
- Quizás deberíais dejar de mentir. Quizás deberíais ayudar más al país en vez de quedaros todo vosotros. Quizás así todo funcionase mejor, creo.- Dijo su hija, de tan solo diez años, que no desayunaba nada. Prefería no coger nada de aquello, sabiendo que había sido pagado con el sudor de algún pobre incauto- No sirve de nada ser rico en un país que no funciona.
- Hija mía… cuando crezcas un poco más te darás cuenta de cómo funciona la política.- Respondió su padre, dando un sorbo al café ya algo más frío y dándole algunas palmaditas en la cabeza.- Así que déjanos a nosotros, los políticos, que salvemos a este país…
domingo, 7 de agosto de 2011
¡El euro se desploma!
Etiquetas:
Política,
Realidad no tan real
domingo, 31 de julio de 2011
El cielo estaba nublado, del único color que conocían las nubes. De vez en cuando, alguna que otra gota se dejaba caer precipitadamente contra el suelo, siguiendo las leyes inquebrantables de la física. El viento seguía las pautas típicas de los días así. Soplaba con fuerza haciendo que la parte inferior de mi gabardina retozase furiosa sobre mis piernas, vestidas con unos pantalones de tela negra, sobre unos zapatos de cuero marrón recién limpiados. El silbido de éste se dejaba notar por todo aquel campo recubierto con hierba de un verde profundo donde mis zapatos descansaban todo mi cuerpo.
- Tú también te acuerdas, ¿verdad? Hacía un día así cuando todo terminó.- Dije casi en susurros, para que sólo me escuchase él, aunque estuviesemos solos.- El día en que terminó la que creíamos que sería la última.
Le miré fijamente, con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, intentando inútilmente calentarlas de alguna forma.
- Hace exactamente treinta años que pasó todo aquello, pero los dos sabemos que nunca lo olvidaremos. Aun puedo escuchar todo ese ruido, como azotaba nuestros oídos las primeras veces... las que no estabamos acostumbrados.
Hubo un silencio punzante, casi doloroso. Lo único que podía escucharse era como el maldito viento chocaba contra nosotros una y otra vez, incansable, infatigabble... Y ninguno de los dos decía nada.
- Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. El enemigo nos acorraló en un puesto fronterizo, tú y yo solos contra toda una guarnición de enemigos. Todo estaba acabado para nosotros, pero tú seguías sonriéndo... - Hice una pausa para intentar encontrar las palabras adecuadas.- Decías que no podías morir allí, todavía te esperaba en casa una esposa y tus dos hijas. Decías que no todo estaba perdido, que saldríamos de allí con vida... Y no te equivocaste.
Volvió a producirse ese silencio tan molesto. Me mordí el labio superior con fuerza, intentando canalizar toda esa rabia acumulada sin motivo aparente.
- Conseguimos sobrevivir a una muerte segura, gracias a tí. Pero la guerra continuó. Tú siempre quisiste que se acabase todo, siempre dijiste que esa sería la última, que ayudarías a construir un mundo mejor con tu vida.
Saqué una de mis manos de los bolsillos exteriores de la gabardina y comencé a tantear a ciegas por dentro de ésta, buscando algo por los bolsillos interiores. Saqué una flor muy bien cuidada y recién cortada y la dejé a los pies de su tumba.
- Tú... diste tu vida por un mundo mejor, pero no hemos sabido utilizarla. Todo sigue igual que antes... espero que sepas perdonarnos.
Y fue entonces, cuando el viento dejó de silbar y comenzó a gemir de forma meláncolica, compartiendo todo el dolor.
- Tú también te acuerdas, ¿verdad? Hacía un día así cuando todo terminó.- Dije casi en susurros, para que sólo me escuchase él, aunque estuviesemos solos.- El día en que terminó la que creíamos que sería la última.
Le miré fijamente, con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina, intentando inútilmente calentarlas de alguna forma.
- Hace exactamente treinta años que pasó todo aquello, pero los dos sabemos que nunca lo olvidaremos. Aun puedo escuchar todo ese ruido, como azotaba nuestros oídos las primeras veces... las que no estabamos acostumbrados.
Hubo un silencio punzante, casi doloroso. Lo único que podía escucharse era como el maldito viento chocaba contra nosotros una y otra vez, incansable, infatigabble... Y ninguno de los dos decía nada.
- Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. El enemigo nos acorraló en un puesto fronterizo, tú y yo solos contra toda una guarnición de enemigos. Todo estaba acabado para nosotros, pero tú seguías sonriéndo... - Hice una pausa para intentar encontrar las palabras adecuadas.- Decías que no podías morir allí, todavía te esperaba en casa una esposa y tus dos hijas. Decías que no todo estaba perdido, que saldríamos de allí con vida... Y no te equivocaste.
Volvió a producirse ese silencio tan molesto. Me mordí el labio superior con fuerza, intentando canalizar toda esa rabia acumulada sin motivo aparente.
- Conseguimos sobrevivir a una muerte segura, gracias a tí. Pero la guerra continuó. Tú siempre quisiste que se acabase todo, siempre dijiste que esa sería la última, que ayudarías a construir un mundo mejor con tu vida.
Saqué una de mis manos de los bolsillos exteriores de la gabardina y comencé a tantear a ciegas por dentro de ésta, buscando algo por los bolsillos interiores. Saqué una flor muy bien cuidada y recién cortada y la dejé a los pies de su tumba.
- Tú... diste tu vida por un mundo mejor, pero no hemos sabido utilizarla. Todo sigue igual que antes... espero que sepas perdonarnos.
Y fue entonces, cuando el viento dejó de silbar y comenzó a gemir de forma meláncolica, compartiendo todo el dolor.
lunes, 25 de julio de 2011
Se fue
Ella se fue, se marchó, me abandonó completamente, como un perro de nadie a las puertas del cielo sin saber como sentirse o hacia donde mirar, hacía donde buscar algo de compasión o algunas palmaditas en la cabeza. Así me encontraba yo… sentado en el borde de una cama deshecha donde aun retozaban restos de pasión y amor de fuego, en una habitación que había memorizado cada uno de sus olores, desde el típico perfume de todos los días, hasta el de las ocasiones especiales.
Se fue… se fue… se fue… Para siempre, quizás. Realmente, nunca estuvimos juntos… realmente, éramos solo como unos amigos que no saben que decirse cuando se miran a los ojos y el resto se queda en silencio, un silencio tan punzante como el amargo sabor de este maldito sentimiento. Éramos solo como unos amigos que se besaban, incluso sin labios, y se decían a sí mismos; “Esto no cambiará nada entre nosotros, ¿verdad?”
A veces era inevitable pensar algo así. Cuando alguien te importa de verdad, pero sabes que no puedes alcanzarla… realmente es doloroso y todas aquellas noches en vela son testigo de toda la angustia y desesperación que se filtraban por mis suspiros, por mis latidos acelerados sin razón, desesperación… amarga desesperación por no poder abrazarte y susurrarte un Te quiero bordado con hilos dorados en una servilleta de aquel restaurante donde nos conocimos.
Se fue… se fue… se fue…¿Cómo debería sentirme yo exactamente? La he perdido para siempre… a la única mujer que he llegado a querer en todo lo que llevo de existencia… ¿Cómo debería sentirme? Solo éramos amigos… solo eso.
Pero regresar a la maldición del cajón sin su ropa… a no ver su cepillo de dientes en un vaso medio roto encima de la encimera del baño… regresar a la perdición de los bares de copas… no era una buena idea. Iba volviéndome loco por momentos… y es que tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla tan solo diecinueve días… pero quinientas noches.
¿Cómo debería sentirme yo? Dímelo, por favor, tú que estás aquí enfrente, hablándome ahora mismo, ignorando todos estos pensamientos de un vagabundo escritor demente. Estás justo a mí lado, pero a veces siento que… te fuiste… te fuiste… te fuiste… para siempre…
Se fue… se fue… se fue… Para siempre, quizás. Realmente, nunca estuvimos juntos… realmente, éramos solo como unos amigos que no saben que decirse cuando se miran a los ojos y el resto se queda en silencio, un silencio tan punzante como el amargo sabor de este maldito sentimiento. Éramos solo como unos amigos que se besaban, incluso sin labios, y se decían a sí mismos; “Esto no cambiará nada entre nosotros, ¿verdad?”
A veces era inevitable pensar algo así. Cuando alguien te importa de verdad, pero sabes que no puedes alcanzarla… realmente es doloroso y todas aquellas noches en vela son testigo de toda la angustia y desesperación que se filtraban por mis suspiros, por mis latidos acelerados sin razón, desesperación… amarga desesperación por no poder abrazarte y susurrarte un Te quiero bordado con hilos dorados en una servilleta de aquel restaurante donde nos conocimos.
Se fue… se fue… se fue…¿Cómo debería sentirme yo exactamente? La he perdido para siempre… a la única mujer que he llegado a querer en todo lo que llevo de existencia… ¿Cómo debería sentirme? Solo éramos amigos… solo eso.
Pero regresar a la maldición del cajón sin su ropa… a no ver su cepillo de dientes en un vaso medio roto encima de la encimera del baño… regresar a la perdición de los bares de copas… no era una buena idea. Iba volviéndome loco por momentos… y es que tanto la quería, que tardé en aprender a olvidarla tan solo diecinueve días… pero quinientas noches.
¿Cómo debería sentirme yo? Dímelo, por favor, tú que estás aquí enfrente, hablándome ahora mismo, ignorando todos estos pensamientos de un vagabundo escritor demente. Estás justo a mí lado, pero a veces siento que… te fuiste… te fuiste… te fuiste… para siempre…
domingo, 17 de julio de 2011
La furia del intelectual
El tic-tac de aquel reloj tallado en madera comenzaba a poner nervioso al capitán. Golpeaba su rodilla, vestida con un ajustado pantalón azul oscuro, con aburrimiento más que con nerviosismo. Un silencio mortal que llenaba los rincones de la gran habitación en la que estaban reunidos Su Majestad, con todos sus consejeros y mayordomos dispuestos a besarle los pies, comenzaba a ser ligeramente cargante. El capitán llevó la mano a su chaqueta nueva.
- Espero que no les importe que mastique unas pocas hierbas.- Dijo, mientras sacaba un montoncito bien aplastado de uno de los bolsillitos interiores de esta.- Me lo ha recetado el médico... dice que me pongo muy nervioso o algo así. Lo único que quiere es sacarme el dinero, pero ¿saben? Estas cosas están deliciosas.
Su Majestad no le prestó atención. Seguía debatiendo con toda la mesa que presidia sobre unos papeles que tenía en la mano. Su expresión delataba furia y a la vez desconcierto. Con un suspiro, dejó los papeles en la mesa y se dirigió al capitán, que ahora permanecía mirando por la ventana, masticando frenéticamente.
- No entiendo como consigue lo que hace, señor capitán.- Comenzó diciendo uno de los consejeros.
Él giró su cabeza lentamente, con expresión refinada, dirigiendo la mirada a la persona que acababa de hablar.
- No entiendo de que habla, señor.
- Todas las expediciones que usted protagoniza acaban en violentas masacres para nuestro ejército. Inexplicablemente, siempre sale victorioso de todas sus batallas, aunque todos los barcos se hundan y no quede ni rastro de nuestros soldados. No lo entiendo...
- Y no es que no nos alegre que gane batallas, no nos malinterprete... pero todas esas perdidas, tanto materiales como humanas, suponen un capital que el reino no está dispuesto a pagar continuamente.- Intervino entonces, el ministro de economía.
- Además, el hecho de que nuestros soldados mueran así, en tan extrañas circustancias, no es algo que favorezca a nuestro ejército en vista a las relaciones internacionales.- Esta vez fue el ministro de asuntos exteriores.
El capitán se levantó lentamente de su silla, provocando un pequeño crujido de la madera seca y antigua que formaba el suelo. Dio un par de paseos por la habitación, delante de la gran mesa del gobierno, mirando a cada uno según pasaba por delante. Hasta que se paró delante de Su Majestad, con la mano dentro de su chaqueta y una rigidez que podría emular una escoba de ama de casa.
- No entiendo cual es el problema. Siempre gano todas mis batallas como ustedes han dicho, ¿Qué problema hay en que mueran unos pocos soldados? Entre ustedes y yo, son gente que no sirve para nada más, carne de cañón... sin cerebro. Con unas palabras bien maquilladas son capaces de suicidarse por su patria, creyendo que lo están haciendo correctamente. La batalla es su día a día, y su destino es la muerte en esta, no como el nuestro... ¿No creen, señores, que tengo razón?
- Está usted enfermo... - Respondió el consejero más próximo a Su Majestad.- Merece que le degraden de su rango y no vuelva a liderar ninguna batalla.
Estas últimas palabras no parecieron agradar demasiado al capitán, el cual subió de un salto a la mesa, colocandose justo en frente del consejero. En tan solo un segundo, empuñó su alma y rasgó su cuello de una forma extremadamente sutil.
- ¡Guardias, guardias!- Exclamó Su Majestad en cuanto vio como su mejor consejero se derrumbaba sobre la tabla.
El capitán se giró hacía él con total parsimonia, guardando su arma mientras esbozaba una sonrisa.
- ¿Sí, mi alteza?
- Espero que no les importe que mastique unas pocas hierbas.- Dijo, mientras sacaba un montoncito bien aplastado de uno de los bolsillitos interiores de esta.- Me lo ha recetado el médico... dice que me pongo muy nervioso o algo así. Lo único que quiere es sacarme el dinero, pero ¿saben? Estas cosas están deliciosas.
Su Majestad no le prestó atención. Seguía debatiendo con toda la mesa que presidia sobre unos papeles que tenía en la mano. Su expresión delataba furia y a la vez desconcierto. Con un suspiro, dejó los papeles en la mesa y se dirigió al capitán, que ahora permanecía mirando por la ventana, masticando frenéticamente.
- No entiendo como consigue lo que hace, señor capitán.- Comenzó diciendo uno de los consejeros.
Él giró su cabeza lentamente, con expresión refinada, dirigiendo la mirada a la persona que acababa de hablar.
- No entiendo de que habla, señor.
- Todas las expediciones que usted protagoniza acaban en violentas masacres para nuestro ejército. Inexplicablemente, siempre sale victorioso de todas sus batallas, aunque todos los barcos se hundan y no quede ni rastro de nuestros soldados. No lo entiendo...
- Y no es que no nos alegre que gane batallas, no nos malinterprete... pero todas esas perdidas, tanto materiales como humanas, suponen un capital que el reino no está dispuesto a pagar continuamente.- Intervino entonces, el ministro de economía.
- Además, el hecho de que nuestros soldados mueran así, en tan extrañas circustancias, no es algo que favorezca a nuestro ejército en vista a las relaciones internacionales.- Esta vez fue el ministro de asuntos exteriores.
El capitán se levantó lentamente de su silla, provocando un pequeño crujido de la madera seca y antigua que formaba el suelo. Dio un par de paseos por la habitación, delante de la gran mesa del gobierno, mirando a cada uno según pasaba por delante. Hasta que se paró delante de Su Majestad, con la mano dentro de su chaqueta y una rigidez que podría emular una escoba de ama de casa.
- No entiendo cual es el problema. Siempre gano todas mis batallas como ustedes han dicho, ¿Qué problema hay en que mueran unos pocos soldados? Entre ustedes y yo, son gente que no sirve para nada más, carne de cañón... sin cerebro. Con unas palabras bien maquilladas son capaces de suicidarse por su patria, creyendo que lo están haciendo correctamente. La batalla es su día a día, y su destino es la muerte en esta, no como el nuestro... ¿No creen, señores, que tengo razón?
- Está usted enfermo... - Respondió el consejero más próximo a Su Majestad.- Merece que le degraden de su rango y no vuelva a liderar ninguna batalla.
Estas últimas palabras no parecieron agradar demasiado al capitán, el cual subió de un salto a la mesa, colocandose justo en frente del consejero. En tan solo un segundo, empuñó su alma y rasgó su cuello de una forma extremadamente sutil.
- ¡Guardias, guardias!- Exclamó Su Majestad en cuanto vio como su mejor consejero se derrumbaba sobre la tabla.
El capitán se giró hacía él con total parsimonia, guardando su arma mientras esbozaba una sonrisa.
- ¿Sí, mi alteza?
jueves, 14 de julio de 2011
El don del intelectual
- Hermosa chaqueta, señor.- Dijo uno de los tantos soldados que había en aquel barco, intentando llamar la atención del viejo capitán.
- Vaya,le agradezco que se fije. Es cuero del bueno, me costó casi tres esclavos y unas cuantas monedas de oro, pero creo que mereció la pena, al fin y al cabo, esta es una ocasión especial. No se lucha contra piratas sanguinarios todos los días... solo espero que no me la manchen.
Era todo lo que se podía decir. El cielo estaba complamente azul, sobre todas aquellas cabezas descerebradas que solo pensaban en llevarse a alguien por delante, sin ninguna nube, solo algunos toques blancos se dejaban apreciar. El mar, continuaba su vida sin inmutarse por lo que estaba apunto de suceder sobre él, meciendo levemente el barco. "El barco" era toda una pieza de maestro artesano, fabricado con un cuidado y mimo dificil de encontrar. Miles de adornos en oro se distribuían por toda su madera y todas las velas que poseía, fueron creadas con la mejor tela existente. Un capricho de "Su majestad" como dirían algunos.
El capitán se encontraba al frente de todo el ejercito, en la proa del transporte, observando como a los lejos, un barco pirata se acercaba hacia ellos. Permanecía allí, de pie, con la mano introducida en la ya famosa chaqueta, contemplando el futuro campo de batalla con una sonrisa. Entonces, giró sobre si mismo, sin siquiera dar un solo paso, poniéndose de frente a todos los presentes.
- Caballeros...- Comenzó, dejando una larga pausa tras ello.- Espero que estén dispuestos a morir por su patria, por su país, por su honor... ¡por todo lo que están representando ahora mismo!
Sus gritos despertaron el sentimiento de euforia de todos los soldados, que levantaron a una sus cuchillos y espadas en señal de afirmación, puesto que su nivel intelectual no alcazaba a más. Justo en ese momento, un sonido estremecedor recorrió el amplio mar, con un eco gigantesco. Una bala de cañón chocó contra la misma proa donde estaba el capitán con una velocidad vertiginosa, haciendo que éste diese un pequeño salto hacia adelante.
- Pues bien, señores... es hora de demostrarlo. Yo estaré en mi camarote esperando a que ustedes se maten por mí.- Dijo mientras encaminaba sus pies hacia la única puerta del barco.- Oh, y les ruego, por favor... Que no hagan demasiado ruido, voy a intentar dormir.
- Vaya,le agradezco que se fije. Es cuero del bueno, me costó casi tres esclavos y unas cuantas monedas de oro, pero creo que mereció la pena, al fin y al cabo, esta es una ocasión especial. No se lucha contra piratas sanguinarios todos los días... solo espero que no me la manchen.
Era todo lo que se podía decir. El cielo estaba complamente azul, sobre todas aquellas cabezas descerebradas que solo pensaban en llevarse a alguien por delante, sin ninguna nube, solo algunos toques blancos se dejaban apreciar. El mar, continuaba su vida sin inmutarse por lo que estaba apunto de suceder sobre él, meciendo levemente el barco. "El barco" era toda una pieza de maestro artesano, fabricado con un cuidado y mimo dificil de encontrar. Miles de adornos en oro se distribuían por toda su madera y todas las velas que poseía, fueron creadas con la mejor tela existente. Un capricho de "Su majestad" como dirían algunos.
El capitán se encontraba al frente de todo el ejercito, en la proa del transporte, observando como a los lejos, un barco pirata se acercaba hacia ellos. Permanecía allí, de pie, con la mano introducida en la ya famosa chaqueta, contemplando el futuro campo de batalla con una sonrisa. Entonces, giró sobre si mismo, sin siquiera dar un solo paso, poniéndose de frente a todos los presentes.
- Caballeros...- Comenzó, dejando una larga pausa tras ello.- Espero que estén dispuestos a morir por su patria, por su país, por su honor... ¡por todo lo que están representando ahora mismo!
Sus gritos despertaron el sentimiento de euforia de todos los soldados, que levantaron a una sus cuchillos y espadas en señal de afirmación, puesto que su nivel intelectual no alcazaba a más. Justo en ese momento, un sonido estremecedor recorrió el amplio mar, con un eco gigantesco. Una bala de cañón chocó contra la misma proa donde estaba el capitán con una velocidad vertiginosa, haciendo que éste diese un pequeño salto hacia adelante.
- Pues bien, señores... es hora de demostrarlo. Yo estaré en mi camarote esperando a que ustedes se maten por mí.- Dijo mientras encaminaba sus pies hacia la única puerta del barco.- Oh, y les ruego, por favor... Que no hagan demasiado ruido, voy a intentar dormir.
miércoles, 6 de julio de 2011
Por sus ojos podía leerse la máxima expresión del dolor. Arrastrándose como le era posible entre la nieve cruel de los páramos helados, llevándose ramitas y piedras afiladas por el camino mientras dejaba un camino de sangre a su paso... allí estaba él, maldiciendo todo lo que le había llevado a esa situación entre leves gruñidos y suspiros lúgrubes cargados de puro hielo.
Todo hubiese podido salir mejor, o eso pensaba él. Si hubiesen hecho mejor las cosas, no hubiese recibido aquel balazo fatal que estaba costándole la vida, y sus camaradas ni siquiera hubiesen tenido que abandonarle allí, en un punto perdido de un bosque tan grande como la imaginación humana. Si las cartas que tenían en la mesa se hubiesen jugado mejor, el juego macabro del que eran personajes protagonistas habría tenido un final feliz, o al menos, no un final tan escabroso como el que le había tocado vivir.
Quizás... pensó él... no todo estaba perdido. Era más que probable que ahora mismo le estuviesen buscando. Intentó incorporarse en el suelo, sobre sus cuatro patas y un vez hecho, elevó un aullido al cielo suficiente para encontrarle en aquel lugar, que ahora mismo recibía el nombre de infierno.
Angustiado, completamente sin fuerzas, cayó de nuevo al suelo. La sangre de su lomo izquierdo seguía brotando, y en su cabeza ya no había absolutamente nada. Sólo podía ver, a traves de sus ojos amarillos, como su vida se escapa por su boca en forma de aliento y su visión no alcanzaba más allá de la nieve que empezaba a amontonarse sobre él.
Todo hubiese podido salir mejor, o eso pensaba él. Si hubiesen hecho mejor las cosas, no hubiese recibido aquel balazo fatal que estaba costándole la vida, y sus camaradas ni siquiera hubiesen tenido que abandonarle allí, en un punto perdido de un bosque tan grande como la imaginación humana. Si las cartas que tenían en la mesa se hubiesen jugado mejor, el juego macabro del que eran personajes protagonistas habría tenido un final feliz, o al menos, no un final tan escabroso como el que le había tocado vivir.
Quizás... pensó él... no todo estaba perdido. Era más que probable que ahora mismo le estuviesen buscando. Intentó incorporarse en el suelo, sobre sus cuatro patas y un vez hecho, elevó un aullido al cielo suficiente para encontrarle en aquel lugar, que ahora mismo recibía el nombre de infierno.
Angustiado, completamente sin fuerzas, cayó de nuevo al suelo. La sangre de su lomo izquierdo seguía brotando, y en su cabeza ya no había absolutamente nada. Sólo podía ver, a traves de sus ojos amarillos, como su vida se escapa por su boca en forma de aliento y su visión no alcanzaba más allá de la nieve que empezaba a amontonarse sobre él.
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