
Agarró con fuerza el vaso de cristal depositado sobre aquella madera sucia y húmeda, comida lentamente por el paso del tiempo. El color marrón suave de la bebida se reflejaba a través del recipiente debido a la luz del lugar, la cual enfocaba directamente hacia él. Dio un trago con suavidad, podía escucharse el sonido del líquido circular por su garganta con paso inquebrantable, mientras los extremos de sus labios formaban una leve sonrisa. ¿Por qué sonreía? Ni él mismo lo sabía por aquel entonces, y posiblemente no lo sepa todavía a día de hoy. Con un golpe seco, volvió a dejar el vaso donde le correspondía, junto a colillas y servilletas usadas, recubiertas de todo lo que podría imaginarse, estando en un lugar como aquel.
- ¿Le sirvo otra, señor? – Dijo el camarero, con la botella en la mano, preparado para llenar aquél vaso. No podía decirle que no, todos los deshechos sociales que acudían a ese lugar, solo lo hacían para emborracharse, olvidarse de sus penas, ahogarlas en un buen vaso de desesperación y soledad mientras alzaban la vista para descubrir que sus vidas no han caído tan bajo como podrían haberlo hecho. Aquél era el único lugar donde se podía ser infeliz sin que nadie te mirase mal por ello. Es lo que tiene una ciudad llamada Felicidad, donde todo es tan idílico que en ningún momento, la mente tiene oportunidad de pensar que su vida es un verdadero asco.
- Está tardando…- Respondió él con brusquedad y con una voz tan grave, que podría provocarle escalofríos a cualquier ser sin corazón que por allí se moviese.
Dicho y hecho. El vaso volvió a llenarse, emitiendo ese sonido que tanto ansiaba en ese momento. El sonido de angustia llenando un espacio vacío. Y allí estaba él, rodeado de un humo casi tan negro como su corazón, escuchando como la gente destruía su vida a ritmo de música creada por el mismo diablo (como dirían los habitantes de tan bonita ciudad, aquella…) y con partidas de póker donde los jugadores serían capaces de apostar hasta a su madre. Algunos pasaban de todo aquello y se dedicaban en cuerpo y alma a las drogas, experimentando el “subidón” del momento, con miles de mujeres a sus lados, persiguiendo el dinero que tanto derrocharán aquella noche.
Él ignoraba todo aquello, no lo necesitaba. Solo necesitaba lo que tenía, un buen vaso de alcohol y un paquete medio terminado de tabaco. Solo necesitaba eso… y un poco de mala hostia, para poder ser alguien, o, mejor dicho, para no ser nadie. Vació de nuevo el contenido del vidrio y puso sus pies en el suelo, también de madera poco cuidada… daba la impresión de que se derrumbaría de un momento a otro. Con un golpe, abrió la puerta y salió donde todo el mundo aparentaba ser feliz. Donde todo el mundo iba sonriendo por la calle y cuando fuese el momento, acudir donde se encontraba él.
“Café-Bar Inmundicia, donde podrá contemplar la realidad de la vida por un tiempo.” Decía el cartel. Pero como bien dicen, quizás todos necesitemos caer bajo alguna vez en nuestra existencia, ¿no cree?
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