martes, 28 de diciembre de 2010

Café-Bar Inmundicia para servirle.


Agarró con fuerza el vaso de cristal depositado sobre aquella madera sucia y húmeda, comida lentamente por el paso del tiempo. El color marrón suave de la bebida se reflejaba a través del recipiente debido a la luz del lugar, la cual enfocaba directamente hacia él. Dio un trago con suavidad, podía escucharse el sonido del líquido circular por su garganta con paso inquebrantable, mientras los extremos de sus labios formaban una leve sonrisa. ¿Por qué sonreía? Ni él mismo lo sabía por aquel entonces, y posiblemente no lo sepa todavía a día de hoy. Con un golpe seco, volvió a dejar el vaso donde le correspondía, junto a colillas y servilletas usadas, recubiertas de todo lo que podría imaginarse, estando en un lugar como aquel.

- ¿Le sirvo otra, señor? – Dijo el camarero, con la botella en la mano, preparado para llenar aquél vaso. No podía decirle que no, todos los deshechos sociales que acudían a ese lugar, solo lo hacían para emborracharse, olvidarse de sus penas, ahogarlas en un buen vaso de desesperación y soledad mientras alzaban la vista para descubrir que sus vidas no han caído tan bajo como podrían haberlo hecho. Aquél era el único lugar donde se podía ser infeliz sin que nadie te mirase mal por ello. Es lo que tiene una ciudad llamada Felicidad, donde todo es tan idílico que en ningún momento, la mente tiene oportunidad de pensar que su vida es un verdadero asco.

- Está tardando…- Respondió él con brusquedad y con una voz tan grave, que podría provocarle escalofríos a cualquier ser sin corazón que por allí se moviese.

Dicho y hecho. El vaso volvió a llenarse, emitiendo ese sonido que tanto ansiaba en ese momento. El sonido de angustia llenando un espacio vacío. Y allí estaba él, rodeado de un humo casi tan negro como su corazón, escuchando como la gente destruía su vida a ritmo de música creada por el mismo diablo (como dirían los habitantes de tan bonita ciudad, aquella…) y con partidas de póker donde los jugadores serían capaces de apostar hasta a su madre. Algunos pasaban de todo aquello y se dedicaban en cuerpo y alma a las drogas, experimentando el “subidón” del momento, con miles de mujeres a sus lados, persiguiendo el dinero que tanto derrocharán aquella noche.

Él ignoraba todo aquello, no lo necesitaba. Solo necesitaba lo que tenía, un buen vaso de alcohol y un paquete medio terminado de tabaco. Solo necesitaba eso… y un poco de mala hostia, para poder ser alguien, o, mejor dicho, para no ser nadie. Vació de nuevo el contenido del vidrio y puso sus pies en el suelo, también de madera poco cuidada… daba la impresión de que se derrumbaría de un momento a otro. Con un golpe, abrió la puerta y salió donde todo el mundo aparentaba ser feliz. Donde todo el mundo iba sonriendo por la calle y cuando fuese el momento, acudir donde se encontraba él.

“Café-Bar Inmundicia, donde podrá contemplar la realidad de la vida por un tiempo.” Decía el cartel. Pero como bien dicen, quizás todos necesitemos caer bajo alguna vez en nuestra existencia, ¿no cree?

viernes, 17 de diciembre de 2010

Confesiones.

Nunca pude decirte que te quería… o tal vez sí, pero jamás fui capaz de demostrártelo. Y no fue porque no sintiese amor hacía a ti… no, al contrario, te amaba más que a cualquier otra persona. Más que a cualquiera otra cosa… más que a mí mismo.

Era agradable ver como los días pasaban y tú seguías a mi lado. Pasaban los días y no era capaz de besarte, ni siquiera abrazarte, arrodillarme… confesarte lo que realmente sentía y que todo lo demás dejase de importar… aunque tú ya lo sabías.

Me consolaba en que tú siempre seguirías a mi lado. “No hace falta que te lo demuestre tan pronto…” me decía. “Sabes perfectamente que te quiero y que daría lo que fuese por ti…” trataba de explicarme a mi mismo. En su época lo veía bien… ¿por qué iba a estar mal?... Y ahora que pienso en ello me doy cuenta de que ha sido la mayor estupidez que he cometido en mi vida.

Sinceramente, todo estaba bien. O eso creía. Pero fui un completo idiota. Y te deje marchar… te dejé escapar de mi control… de mis brazos que te mantuvieron pegada a mi durante tanto tiempo… o al menos lo intentaron. De todas formas… ahora no estoy seguro de si fue mucho tiempo… solo sé que se me pasó volando estando junto a ti.

Todo ese tiempo en el que mi mente no estuvo centrada en otra cosa que no fueses tú, aunque yo dijese lo contrario. Me daba vergüenza admitir que estaba completamente enamorado de ti… y que lo estaría el tiempo que fuese. Al contrario que tú, nunca hice nada que demostrase mi amor…

Quise hacerme el duro, aparentar que no me importabas en absoluto, ahora te tenía enamorada de mí, ya había conseguido lo que quería. Que infantil era… ciertamente.

Pensé que jamás te separarías de mí, que serías mía por siempre… que nunca nadie se interpondría entre nosotros, nadie sería capaz de conquistarte como yo lo hice. Pobre de mí, cuan equivocado estaba por aquel entonces…

No tardaste mucho tiempo en marcharte y dejarme completamente solo. Alguien supo amarte mejor que yo, alguien supo demostrarte lo que yo no pude. Y ahora eres feliz… sin mí.

Me es difícil hablar contigo ahora. ¿Hacer como si nada hubiese pasado? Es una opción. Pero es una opción demasiado dolorosa. Tus palabras entran en mi oído y taladran mi cerebro. Tu imagen entra por mis ojos y golpea mi corazón con violencia. Tu recuerdo se mantiene vivo en mi subconsciente y me azota con amargura…

Eras la mujer perfecta… estábamos hechos el uno para el otro… O al menos eso creía. Tú abandonaste mi vida como una estrella fugaz y me dejaste haciéndome una y otra vez la misma pregunta… ¿Cómo podría yo no haberte amado?

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Gracias por todo.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sé feliz

Hoy se despertó con ganas de más. Con ganas de mostrarle al mundo de lo que era capaz, de saborear, aunque fuera por un pequeño instante, el éxito... mezclado con una sensación de euforia insostenible. Hoy apartó sus sabanas con fuerza y pensó "Hoy es el día"

¿El día de que? Eso él no lo sabía. De lo único que estaba seguro es que hoy era su día… y nadie, absolutamente nadie iba a arruinárselo. Años llevaba ya, aguantando su vida cargada de odio y fracaso. Su esposa nunca le quiso, ¿sus hijos? No saben que existe. Él tiene un perro, su nombre es irrelevante… quizás es que ni el mismo se acuerda, quizás es que nunca vio en ese perro su posible único amigo.

Bajó las escaleras de su domicilio aun en pijama, no tenía intención de ir a trabajar ese día. No al menos, para ver como su jefe lo degradaba delante de todos sus compañeros… no, hoy no iba a pasar eso. Su familia estaba desayunando, ni siquiera le dirigieron un triste “Hola”, ni siquiera una simple mirada, ni un mísero segundo de sus vidas. Estaba acostumbrado, no esperaba más ni lo esperará. Salió del lugar, dando un portazo y cogiendo las llaves de su automóvil con velocidad. Descalzo, podía sentir la hierba de su jardín recién regada. Una sensación que entonces le pareció agradable.

Ignoró su coche… hoy no tenía ganas de usarlo, le daba malos recuerdos. Aun iba descalzo y en pijama, andando por la calle. Era el centro de atención… todo el mundo, trajeados, arreglados para ir a sus trabajos, para triunfar en su vida, lo miraban con una expresión de desprecio.

-¿Quién es ese tipo?- Pensarían… o quizás llegarían a la conclusión de que se trataba de un loco. A él eso le daba igual, él era feliz por una vez en mucho tiempo.

El tiempo seguía pasando, sus pasos seguían resonando débilmente por la calle, cada vez más vacía. A cada cuesta que subía… cada callejón que superaba… cada carretera que cruzaba… era más y más feliz. Quién sabe por qué, no necesita una explicación científica.

Por fin llegó a su destino. Un puente… preciosas vistas, preciosa ciudad, precioso todo. A él todo le parecía precioso en ese momento. Subió sus pies a la barandilla y miró al cielo, con una ligera expresión de sonrisa. Era feliz, estaba claro. Tragó aire y dio un paso al vacío. Su cuerpo cayó como si de una piedra se tratase y se hundió en el agua. Se hundió para siempre… pero había conseguido lo que quería…

Por un momento, saboreó esa sensación de euforia insostenible que esa mañana revoloteaba en su estómago.